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"Líneas y Entre Líneas"...

... los invita a disfrutar , con otra mirada y con sus opiniones personales, de los encuentros y desencuentros en los distintos roles que hoy nos tocan vivir en la sociedad.

En este espacio, "La Educación" será el centro en torno al cual giren los distintos temas. A veces delirantes, otras veces reales, mutando de una expresión dura a una actitud tierna.

Así serán las interesantes propuestas y sugerencias hacia un mismo objetivo : "Convivir en Sociedad"


martes, 9 de enero de 2018

Ejercicios

TOMA UNA SILLA SIÉNTATE EN ELLA DE ESTA FORMA Y MIRA TÚ ABDOMEN COMO QUEDARA EN 5 DÍAS

¿No dispones de tiempo ni espacio para ejercitarte y eliminar definitivamente esa odiosa grasa abdominal? Seguramente eres de esas innumerables personas que pasan sentadas delante del escritorio hasta 8 horas al día.
Para todos es conocido que las personas que llevan un estilo de vida sedentario padecen más de cáncer, diabetes tipo II, enfermedades cardíacas y sobrepeso. Es un estilo de vida frecuente en las ciudades modernas, altamente tecnificadas, donde todo está pensado para evitar grandes esfuerzos físicos. ¿Quieres Saber Más? Sigue Leyendo… Recuerda Compartir Esto Con Tus Amigos.

HAZ ESTOS 5 EJERCICIOS CON UNA SILLA Y PREPÁRATE A LUCIR UN ABDOMEN ESPECTACULAR.

Pensando en las personas como tú, hemos querido traerte estos sencillos que podrás practicar tanto en la comodidad de tu casa como en el lugar de trabajo. Te aportarán grandes beneficios y ayudarán a modelar la figura. Sigue con atención las instrucciones de este video tutorial.
1.- Ejercicio 1
Este ejercicio es muy bueno para la cintura: hace trabajar los músculos laterales y los del abdomen bajo. Una rodilla debe casi tocar el codo opuesto. Al mismo tiempo, el cuerpo debe girar un poco.
Siéntate en una silla, mantén la espalda recta, no te apoyes en el respaldo. Coloca las manos detrás de la cabeza.
Levanta la rodilla derecha hacia el pecho. Al mismo tiempo, inclina el codo izquierdo hacia ella de tal forma que se toquen.
Regresa a la posición inicial. Repite 15 veces.
Cambia la rodilla y el codo, haz 15 repeticiones para otro lado.
Haz 4 series de este ejercicio.
2.- Ejercicio 2
Este ejercicio corrige la cintura. El trabajo intensivo de los músculos abdominales ayuda a reducir las llantitas de la cintura.
Siéntate en la orilla de una silla, mantén la espalda recta. Apóyate en la silla con las manos.
Inclina el cuerpo hacia adelante.
Junta las piernas y lleva las rodillas hacia el pecho.
Regresa a la posición inicial. Repite, inclinándote hacia otro lado.
Haz de 10 a 20 repeticiones para cada lado.
3.- Ejercicio 3
Ayuda a quemar la grasa en la cintura y en la cadera.
Pon los pies sobre el piso.
Extiende los brazos a los lados a la altura de los hombros al igual que las piernas.
Inclínate hacia adelante, tocando con los dedos de las manos ambos pies.
Enderézate y luego repite el movimiento.
Repite de 20 a 30 veces.
4.- Ejercicio 4
Este ejercicio es muy bueno para la cintura: hace trabajar los músculos laterales y los del abdomen bajo.
Siéntate en una silla, mantén la espalda recta.
Extiende los brazos a ambos lados a la altura de los hombres
Inclínate hacia el lado izquierdo hasta tocar el piso y luego vuelve a la posición inicial.
Haz lo mismo ahora hacia el lado derecho.
Repite 15 veces.
Haz 4 series de este ejercicio.
5.- Ejercicio 5
Su ventaja es que fortalece los músculos dorsales y actúa contra la grasa en la cintura.
Siéntate de lado en la silla, girando el torso y tomando con ambas manos el espaldar.
Empieza a subir y bajarlas piernas al mismo tiempo, comenzando con el lado derecho.  Repite entre 10 y 15 veces.
Cambia el lado y haz otras 10 a 15 repeticiones.
Haz 4 series.

Medicamentos y pérdida de memoria

El artículo que te voy a mostrar trata sobre los medicamentos que la mayoría de las personas usa, pero no saben que pueden traer graves consecuencias para la salud. Así que presta mucha atención para que estés pendiente de regular su uso.
Desafortunadamente, las primordiales razones de muerte en U.S.A. y otros países, son reacciones desfavorables a los fármacos.
Los fármacos recetados conducen a más de cien muertes por año, y más de uno con cinco millones de casos de personas hospitalizadas con efectos secundarios graves.
Las próximas 3 categorías de fármacos recetados, llevan a abundantes inconvenientes cognitivos, incluyendo la pérdida de la memoria.
La pérdida de la memoria se interpreta con frecuencia como un signo de envejecimiento, una influencia del abuso de substancias o bien síntomas de enfermedades como la enfermedad de Alzheimer.
Lo que muchos no saben es que los capítulos de olvido asimismo pueden ser efectos secundarios de los fármacos recetados comunes.
“Los científicos ahora saben que la pérdida de memoria conforme se avejenta, no es, en modo alguno, inevitable”, escribe el doctor Armon B. Neel, farmacéutico geriátrico de la AARP. “De hecho, el cerebro puede cultivar nuevas células cerebrales y remodelar sus conexiones durante la vida”.
¿LA PÉRDIDA DE MEMORIA INTERFIERE CON TU VIDA DIARIA? UNO DE ESTOS FÁRMACOS GENERALMENTE PRECRIPTOS, PUEDE SER EL CULPABLE.

ESTATINAS

Esta medicina es uno de los medicamentos más dañinos para el cerebro y se utilizan para regular los niveles de colesterol.
Esto se debe al hecho de que ¼ del cerebro está compuesto de colesterol, necesario para el pensamiento, la memoria y el aprendizaje. Sin embargo, también causan pérdida de memoria y efectos adversos similares.
Si tomas estatinas para niveles de colesterol ligeramente elevados en lugar de una enfermedad coronaria diagnosticada, las vitaminas puede ser una mejor opción.
Las “Anti” Drogas, medicamentos que promueven pérdida de la memoria
Todos los medicamentos “anti”, como antihistamínicos, antibióticos, antidepresivos, o antihipertensivos afectan los niveles de acetilcolina en el cuerpo, que es el principal neurotransmisor necesario para la memoria y el aprendizaje.
Tus niveles bajos causan visión borrosa, pérdida de la memoria, demencia, confusión mental y alucinaciones.
Los fármacos antidepresivos, se prescriben también para una variedad de complicaciones psicológicas, tales como trastornos de la alimentación, dolor crónico y trastorno obsesivo compulsivo.
Sin embargo, más de un tercio de los adultos que toman la medicación reportan episodios de pérdida de memoria, y la mitad afirma tener problemas para concentrarse.
Pastillas para dormir
Las píldoras para dormir a menudo conducen a la pérdida de la memoria y causan un estado similar a estar en coma o estar borracho.
Por ejemplo, Ambien, una droga popular, se conoce para ser “la droga de la amnesia” pues conduce a alucinaciones, a terrores por la noche, sonambulismo, y a conducir con sueño.
Hay tratamientos alternativos de medicamentos y no medicamentos para el insomnio y la ansiedad, por lo que debes hablar con tu profesional de la salud sobre las opciones.
Sin embargo, la retirada repentina puede causar efectos secundarios graves, por lo que un profesional de la salud siempre debe monitorear el proceso.

20 FÁRMACOS QUE CAUSAN PÉRDIDA DE MEMORIA:

1. Antibióticos (quinolonas)
2. Píldoras para dormir – Ambien, Lunesta, Sonata
3. Analgésicos – morfina, codeína, heroína
4. Insulina
5. Quimioterapia
6. Epilepsia – Dilantin o fenitoína
7. Barbitúricos – Nembutal, Fenobarbital, Seconal, Amytal
8. Antipsicóticos – Mellaril, Haldol
9. Enfermedad de Parkinson – atropina, glicopirrolato, escopolamina
10. Benzodiazepinas – Xanax, Valium, Dalmane, Ativan
11. Quinidina
12. Bloqueadores beta
13. Medicamentos para la presión arterial alta
14. Interferones
15. Naproxen
16. Antidepresivos tricíclicos
17. Metildopa
18. Litio
19. Antihistamínicos
20. Esteroides
En caso de que uses estos medicamentos, debes consultar a tu médico y averiguar si afectan tu memoria.
Siempre se puede encontrar una alternativa más saludable, al menos otros medicamentos o cambios en el estilo de vida.
Debes ser más físicamente activo, tomar algunos suplementos, y consumir muchos más alimentos beneficiosos para el cerebro y salud en general, con el fin de reducir la carga en él.

Escrito por Fernández Díaz...

Cumplí, días pasados, 75 años. Y voy a hablar de la muerte que anhelo. Lo haré no sin antes volver a agradecer los cumplidos recibidos en la fecha y los deseos sinceros de quienes aspiran a persuadirme de que lo mejor es cambiar de tema. Nada, aseguran, justifica en mi estado actual de salud que me empeñe en este asunto.
No faltan, tampoco, los buenos amigos que recurren a una presunta objetividad para asegurarme que, en los días que corren, se han ampliado tanto las fronteras que, a mis años, se es mucho más joven que en el pasado y que, por lo tanto, la expectativa de vida es justificadamente mayor.
Y todo ello sin dejar de extender esa gratitud a quienes, al conocer mi edad, no dudan en jurar que no la aparento y, enfatizando su convicción, me recuerdan que son, sin sombra de duda, muchos los hombres de mi generación que desearían encontrarse, a los 75 años, tan bien como yo me encuentro. A todos, mil gracias.
Es cierto: estoy bien de salud. La alegría de vivir no me abandona. Disfruto del amor con una mujer que me conmueve. Mi vocación de escritor está intacta. Conozco el fervor de la amistad. Siempre quise tener por oficio la enseñanza y mi entusiasmo en su práctica no ha languidecido.
Leo con avidez. Estudio, incluso, con más perseverancia que en el pasado. No sé vivir sin música. Su enigma y su hermosura me acompañan. La fortuna me ha bendecido con tres hijos artistas. Conozco la emoción de ser abuelo.
¿Entonces, qué? ¿Me doy acaso por cumplido y, saciado, quiero partir? ¿Ya lo tengo todo y nada me queda por ganar? ¿Se ha quedado sin futuro mi deseo? Nada de eso: obro y deseo con la intensidad de siempre. Lo que no quiero, lo que temo, justamente, es que la muerte se olvide de abrazarme cuando ya no pueda vivir como vivo.
Con esta intensidad, con este deseo. Cuando de mí no quede sino un saldo, el rescoldo cada vez más frío de un fuego que se apagó. Y creo que, para que eso no suceda, lo mejor sería no abusar de los años. No jugar a la ruleta. No quiero ser mi deudo.
No quiero dejarme cebar por la tentación de trescientos días más y luego otros trescientos y terminar perdiéndolo todo, extraviado en lo estéril. ¿Pero qué hacer para remediarlo si se renuncia, como en mi caso, al suicidio? Hay gente afortunada y gente en manos del infortunio.
La primera es arrancada a sus pasiones sin haberlas perdido. En el goce de su intensidad. La segunda se sobrevive, integra la extensa caravana de los que se han excedido durando más años de los que lograron vivir. Inexisten; son pura permanencia. O nostalgia sin más de lo sido.
No hay arte del bien morir. Nadie puede, en esta materia, ser el artesano de su suerte. Tal como yo lo quiero, el arte del bien morir no es otra cosa que el ser arrebatado, tras un largo ejercicio, en el goce cabal de nuestras facultades; lejos de los tormentos que impone el deterioro del cuerpo y de la mente.
El arte es construcción, es obra. Y, en este caso, no hay como llevarla a cabo. La iniciativa, si rehuimos el suicidio, no puede ser nuestra. Y si la muerte oportuna, tal como la entiendo, no llega cuando se la reclama, sólo cabe implorar que sobrevenga.
Que el azar, en su arbitrariedad, nos privilegie. Que nuestra súplica llegue al domicilio de ese alguien que carece de residencia fija. O a los oídos de un sordo que sólo escucha los latidos de su impulso ciego.
Sé de qué hablo. “Fallecí” de ese modo anhelado el 6 de agosto de 2002. Yo dictaba una clase en casa: Molière en su Misántropo era el tema. El diálogo fluía en un grupo entusiasta. Dicen, los que entonces me vieron, que lo mío fue algo fulminante.
Recuerdo un último momento antes del derrumbe: pregunté si ellos, los alumnos, oían como yo una melodía. Luego, cuentan, caí como una piedra. Cuando desperté, minutos más tarde, estaba en una silla de ruedas. Mi mano, inerte, en la mano de mi mujer. Bajábamos en un ascensor.
Epilepsia, diagnosticaron. Semanas después, razonablemente repuesto, comprendí que había vivido la muerte ideal. No hubo transición en aquella tarde de agosto. No hubo dolor. Simplemente, estaba inmerso en lo que tanto quería y de pronto desaparecí.
No, no soy devoto de las cifras. Noventa, para mí, no es más que setenta, por mejor que se esté a los noventa. Noventa y setenta se podrían homologar si el júbilo diera sustento a las dos edades. Pero no nos engañemos. Es muy poco probable que sea así. Noventa, en este asunto, resulta fatalmente mucho menos que setenta.

Mi vida ha sido larga. Y larga porque abunda en logros y emociones. No hablo sólo de alegrías. Hablo de intensidades. De revelaciones que reflejaron miserias y riquezas. No me quiero residual. Ni me parece indispensable que una buena calidad de vida se asocie, con énfasis, al mayor número posible de años.

El arte del bien morir no puede ser otro que el de morir estando bien. En plena vida. Sabiéndonos protagonistas de lo que nos pasa. Morir no después de haber vivido sino mientras vivimos. Porque la verdadera muerte se enmascara en ese después. En ese páramo donde la mejor inquietud ya se ha perdido.
Nacemos dos veces y lo ideal es no morir más que una. Nacemos, primeramente y como es obvio, paridos por nuestra madre. Y luego, si ese privilegio está a nuestro alcance, cuando nuevamente somos dados a luz pero ahora por nuestros proyectos.
Y lo ideal es morir una vez sola sin que en nosotros expire el deseo que nos mueve, sino durante su despliegue, en plena floración. Sin presenciar, en nosotros mismos, la ruina de lo que nos importa. Sin vivir la humillación de ser nuestra propia ausencia.
Durar sin ser es la mayor amenaza que pesa sobre nuestras vidas. Durar habiendo dejado previamente de existir. Prefiero, entonces, irme sin arriesgarme a ser la pérdida de esos bienes. Sin consistir en uno que se ha perdido. Sin ser mi propia disolución.
Morir bien es morir a tiempo. No hay peor infierno que el de asistir a las exequias del propio deseo. Al funeral de nuestras pasiones. No hay castigo mayor que el de verse integrando su cortejo fúnebre. La muerte no es, por eso y para mí, lo que sigue a la vida. Sino lo que a diario nos acecha. Lo que nos esteriliza. Lo que encallece la piel.
La ausencia de propósito, la apatía, el desapego a los seres cuyo trato nos constituye en personas. La muerte es vida seca, marchita. Ésa es la muerte que mata y no la que viene después. Por eso, imploremos: que la muerte nos sorprenda sedientos todavía, ejerciendo la alegría de crear. Que nos apague cuando aún estamos encendidos.

La cuesta de la vida

Mirá qué lindo  poema. Y es tan cierto!

LA CUESTA DE LA VIDA
(Federico García Hamilton)

Si un día el camino, que venía liviano/
Se te vuelve oscuro, y encima empinado/
Buscá a tus amigos, tomales sus manos/
Apoyate en ellos, para repecharlo.

No lo intentes solo, no podrás lograrlo/
Y si lo lograras, será a un costo alto/
Con los que te quieren, se hará más liviano/
Y todo lo oscuro, un poco más claro.

Cuando el cuerpo afloje, te sientas cansado/
Cuando la tristeza, a tu alma haya entrado/
Buscá a tus amigos, buscá a tus hermanos/
Contá con nosotros, que para eso estamos.

Lo oscuro permite, distinguir lo claro/
Se conoce el dulce, probando lo amargo/
Tras subir la cuesta, se disfruta el llano/
Así es nuestra vida, te lo juro hermano.

En los tiempos duros, encontrarás manos/
Abiertas, tendidas, de amigos, de hermanos/
Ya para empujarte, ya para un abrazo/
Y al fin de la cuesta, disfrutá del llano!

Cuando sea viejo



Poco después de mi cumpleaños número cincuenta, hace diez años, comencé a hacer una lista de “Cosas que haré y cosas que no haré cuando sea viejo”.
Se trataba de un recuento crítico y supersecreto de todas las cosas que pensaba que mis padres hacían mal. Mi padre mentía de forma crónica cuando se trataba de tomar su medicamento. Se negó a usar un audífono y les decía a las personas que le “subieran a su audio” (fue productor de televisión). Mi madre fumaba a mis espaldas (según ella), hasta que un día le diagnosticaron cáncer de pulmón. Era demasiado sencillo descubrirlos y en cada ocasión se hacía más evidente lo horrible que es volverse débil, enfermo y cada vez más distraído, o algo peor.
Durante la década siguiente acumulé muchas páginas donde anotaba qué haría y qué no haría, aun cuando luchaba por saber con exactitud cuándo sería lo suficientemente viejo para seguir mis propios consejos. Hace poco escuché en la radio a un sociólogo que llamaba a las personas en los inicios de sus 60, los “viejos jóvenes”. Imagino que mis “jóvenes adultos” sobrinos ya podrían considerarme “viejo, viejo”, pero aún no me siento tan viejo como para seguir mis consejos. Sigo escribiendo la lista, no poniéndola en práctica.
Cada punto en la lista refleja la frustración que siento al ver el precio que pagaron mis padres por su necedad. Por ejemplo, la terrorífica forma de conducir de mi madre: el creciente número de raspones, y cosas peores en el auto, no la intimidó, e hizo caso omiso ante cualquier conversación que hablara de su capacidad al volante, cada vez más reducida. Ante la desesperación, reporté a mi madre ante las autoridades y la llamaron para hacer una prueba de conducción. No aprobó y le revocaron la licencia. Eso humilló a mi madre y me atormentó a mí mismo.
Así es como aparece en mi lista:
“Si se pone en duda mi capacidad para conducir, no rechazaré el comentario de antemano por temor a perder mi independencia. Espero que para entonces haya automóviles autónomos. Si no funciona nada más, espero que alguien me denuncie”.
A medida que veía envejecer a mis padres, mi mayor preocupación era su fragilidad física, pues iba en aumento. ¿Quién no ha escuchado que las fracturas de cadera son causa de muerte entre las personas mayores? Sé que mi padre sí había escuchado al respecto, pero solo porque le hablamos de ello hasta el cansancio. Le señalé las consecuencias del orgullo de su propia madre al rehusarse a utilizar un bastón o una andadera: a los 84 años, la abuela se cayó cuando viajaba sola en el metro de Nueva York y esa caída fue el inicio de los meses que precedieron a su muerte.
Luego de literalmente cientos de caídas, ninguna de las cuales lo persuadió de aceptar ayuda o de usar un bastón, papá, a los 87 años, tuvo una caída muy fuerte y se fracturó cuatro costillas. Ese accidente causó el inicio del camino hacia su muerte. Me pregunto: ¿será posible que mi conciencia triunfe sobre mi necedad (al parecer de origen genético)?
Así que en mi lista aparece lo que tantas veces le repetí a mi padre:
“Trataré de recordar que la mejor manera de seguir siendo independiente es aceptar grados menores de dependencia o asistencia. Prefiero usar una andadera antes que caerme y fracturarme los huesos”.
Una de mis amistades lo formuló de la siguiente manera: “Utilizaré una andadera para no caerme, incluso si no combina con mi atuendo”. ¿Alguien tiene andaderas creadas por diseñadores de moda?
Admito que la vanidad es algo que motiva la lista de cosas que debo hacer y las que no. Hace unos ocho años escribí:
“No culparé al perro de la familia por mi incontinencia. Elegiré pasar por la humillación de usar pañales para adultos antes que pasar por la humillación de mojar la cama y hacer que alguien más lave las sábanas”.
Durante años, mi padre eligió lo último. Demonios, quizá incluso me acepte como soy y deje de ver la incontinencia como una humillación.
También deseo mantener un poco el estilo. Mi madre, quien falleció a principios de este año, siguió tiñendo y peinando su cabello hasta el final, además de hacer que le pintaran sus uñas con manicura de color rojo selvático. Yo escribí:
“Si ya no puedo hacerme cargo de mi cuidado personal, buscaré ayuda. Si ya no me importa mi apariencia, buscaré otro tipo de ayuda”. Al menos quiero mantenerme limpio —oler fresco, como mi madre— de manera que la gente se siente a mi lado y sostenga mi mano.
“Blanquear los dientes” también está en mi lista. Una amiga mía escribió lo siguiente en su lista: “Vestir pantalones que al menos toquen el empeine de mis zapatos”.
Mi lista también reconoce mi predisposición al enojo, una característica que comparto con mis padres. Un año antes de la muerte de mi madre, su asistente le pidió en repetidas ocasiones que realizara ejercicios de respiración posquirúrgicos recetados por el oncólogo, pero odiaba hacerlos porque eran todo un reto. Una tarde, llena de frustración, mamá se descargó con su ayudante con un lenguaje que me avergüenza reproducir, y fui yo quien recibió la llamada de la auxiliar para presentar su queja. En mi lista escribí:
“Si siento tristeza o molestia por lo que me sucede a mí o a mi cuerpo, haré mi mejor esfuerzo por no desquitarme con la gente más cercana a mí”.
“Seré amable”.
“Pediré disculpas”.
A medida que continúo mi marcha a partir de los 60 años, sigo completando y prestando atención a mi lista. Pero no olvido lo que dijo una de mis amistades: “Es vital recordar que no importa lo mucho que nos repitamos que no seremos como nuestros padres, no importa cuán rápido y cuán lejos tratemos de correr en otra dirección, nos convertiremos en ellos”.
¡No, por favor!
Irónicamente, también tengo algunos consejos en ese sentido. Mi abuela, la que se cayó en el metro, en algún momento escribió una lista similar que encontré entre los documentos de mi padre. La suya incluía los siguientes puntos:
1. No te caigas.
2. Trabaja para controlar el olvido.
3. Piensa antes de hablar.
4. Come con moderación y no tantos postres.
5. Haz lo mejor posible. Aprende de tus errores.
Ciertamente espero aprender de sus errores y de los de mis padres y evitar cometer demasiados yo mismo. Pero, sobre todo, espero ser capaz de distinguir cuándo parar de agregar cosas a la lista y comenzar a seguir sus consejos.

El estrés...por Daniel López Rosseti

Si algo caracteriza a la vida moderna, desde el punto de vista médico, seguramente es el síndrome del estrés. Como condicionamiento de síntomas y/o enfermedad se ha implantado en los últimos años en el mundo entero. Muchos son los motivos, entre los cuales debemos destacar sin duda la sobrecarga que la vida en la sociedad actual imprime a todos sus habitantes y, en definitiva, la presión de la velocidad para realizar las tareas cotidianas.

Es por eso que las enfermedades relacionadas con el síndrome del estrés las denominamos en forma corriente como enfermedades del "apuro". Y esto es debido a la presión que se ejerce sobre nosotros para hacer cada vez más y más cosas en la menor unidad de tiempo posible, lo que reduce, como consecuencia, espacios de tiempo personal o tiempo libre para vivir lo que realmente importa. Lo cierto, más allá de las definiciones, es que el estrés nos acompaña desde que estamos en este planeta pero sin duda ha aumentado su prevalencia durante las últimas dos o tres generaciones. Ni hablar respecto al aumento del mismo en los últimos 50 años.
Básicamente, el estrés puede ser agudo o crónico. Entendemos como estrés agudo justamente al que se presenta en forma súbita e intensa y en términos generales dura poco tiempo. Como contrapartida tenemos el llamado estrés crónico, es decir aquel que ejerce su acción tanto a nivel mental como físico en forma sostenida en el tiempo. Si bien su intensidad es menor el efecto dañino es consecuencia de la prolongación en el tiempo de este fenómeno. El estrés crónico es en realidad la forma de estrés más dañina respecto a nuestra condición de salud y bienestar. Repito, es de menor intensidad pero sostenido en el tiempo, metafóricamente hablando es el daño que ejerce la gota que orada la piedra.
Cuando hablamos de síndrome del burn out o síndrome del quemado, nos referimos a una forma de estrés crónico que puede presentarse en cualquier persona y cualquiera sea su condición de desempeño cotidiano, laboral, y yo social. Es el resultado de la acción sostenida de las condiciones de la presión cotidiana,es decir de la presión ejercida por todas aquellas situaciones de sobrecarga o amenazas que denominamos "estresores".
Este síndrome del quemado puede asimismo alcanzar a las personas en cualquier etapa del año. Sin embargo, en la práctica hospitalaria cotidiana observamos que se presenta con mayor frecuencia durante los últimos meses del año. Esto resulta claro y entendible toda vez que las presiones resultan acumulativas a lo largo del ciclo anual ejerciendo su mayor presión sobre el período en que finaliza el año.

Un autodiagnóstico sencillo

Este síndrome tiene sintomatologías que le resultan propias y muy bien establecidas. Las vamos a comentar básicamente como encuadradas en tres características sintomáticas a los efectos de que cada uno de nosotros pueda realizar una suerte de autodiagnóstico identificando si esos síntomas se presentan actualmente en nuestra vida. Es necesario aclarar que la presentación de este síndrome es por naturaleza de instalación lenta. Ya hemos dicho que se trata de una forma de estrés crónico por lo tanto es probable que la lentitud en la cual se instalan las sintomatologías tanto mentales, emocionales como las de orden físico no permita en un principio que no tenemos su presencia si no hasta que la totalidad de los síntomas se presentan y la presencia de este síndrome ya resulta clara y evidente. Si tuviéramos que decir las características básicas de esta enfermedad deberíamos presentarla como una tríada sintomática. Para que se produzca esta condición el nivel estresante del medio ambiente debe ser elevado y estructural. De tal suerte la persona con el tiempo claudica ante la presión y aparecen los síntomas de esa tríada que pasamos a describir. Digamos que el burn out o síndrome del quemado se caracteriza por el agotamiento emocional, la despersonalización y la disminución de la iniciativa y en la toma de decisiones.
El agotamiento emocional implica la disminución en la capacidad para reaccionar emotivamente en forma concordante con la situación que se vive. Es un desajuste entre los hechos y la respuesta emocional lógica esperada. Digamos como para esclarecer este punto, que una forma habitual de reaccionar es con alegría ante circunstancias que así lo ameriten y con tristeza frente aquellas en las cuales corresponda. En otras palabras hay una concordancia entre la circunstancia de vida y la reacción emocional consecuente. En el burn out el agotamiento emocional impide la reacción lógica ante las circunstancias de vida y el procesamiento habitual de las emociones. Es así que paulatinamente la persona afectada comienza a vivenciar apatía, frustración, decepción e insensibilidad. Puede agregarse también irritabilidad, inflexibilidad e intolerancia.
La segunda característica de este síndrome es la llamada "despersonalización". Se entiende por tal en medicina del estrés, a una situación en la cual la persona comienza a desarrollar sus actividades en forma automática e incluso hasta eficazmente en lo que es el cumplimiento de orden rutinario, pero con una desconexión personal con ellas. Es como si llevara a cabo todas sus acciones cotidianas desde una perspectiva del desinterés, de apatía y la toma de distancia personal con las actividades y las relaciones interpersonales. Podíamos decir que es un alejamiento con el mundo de los otros y de las cosas.
Como consecuencia de las dos características ya mencionadas se constituye la tercera pata de esta triada sintomática del síndrome de agotamiento o burn out, y me refiero a la disminución en la toma de las iniciativas y la capacidad en la toma de decisiones. Es que de algún modo se altera el funcionamiento de las cualidades intelectuales, creativas, la capacidad de iniciativa, de liderazgo, la seguridad en sí mismo y todas estas características necesarias en la toma de decisiones y determinación en el curso de las acciones cotidianas.
Como podemos ver estas tres características, el agotamiento emocional, la despersonalización y la disminución en la iniciativa y toma de decisiones, alteran profundamente el desenvolvimiento cotidiano. Si bien no es correcto lo que voy a decir a continuación, metafóricamente hablando me permito decirlo, este síndrome es un "anestesiamiento" del comportamiento que aleja a las personas de su entorno familiar y social. De alguna manera lo es ya que la sobrecarga que el estrés representa de manera crónica acude a esos síntomas con la finalidad de protegerse del entorno estresante. Claro está que esta situación resulta dañina y claramente progresiva.
Como en otros síndromes relacionados con el estrés, admite grados desde aquellos verdaderamente leves hasta los más complejos. De no ser diagnosticado a tiempo y en la medida en que las circunstancias estresantes continúen, se agregarán nuevos síntomas entre los cuales comenzarán a aparecer a aquellos típicos del estrés crónico tales como el cansancio, la fatiga, la disminución de las capacidades cognitivas, el insomnio, el nerviosismo, las alteraciones en la conducta, alteraciones en el comportamiento cotidiano, sintomatología cardiológica, digestiva, neurológica, hormonal, y otras tantas. En realidad nada de nuestro funcionamiento psíquico y físico escapan al alcance del estrés crónico.
Espero haber resultado lo suficientemente claro en la descripción de esta situación como para que cada uno pueda determinar si algunos de estos síntomas de la tríada del síndrome del burn out o síndrome del quemado, se presentan en su vida o en la de alguien cercano.
Recuerde que cualquier sintomatología y/o afección que es diagnosticada a tiempo brinda mayor oportunidad de tratamiento eficiente.
Mi aspiración con esta columna es que a través de esta información sea posible realizar un "autodiagnóstico" a tiempo para disminuir los efectos del estrés crónico.
Por último, quisiera decir que en muchas circunstancias el sólo hecho de disminuir las tareas que nos resultan muy intensas o exigentes, es suficiente para abortar el desarrollo de este síndrome a tiempo.

viernes, 15 de diciembre de 2017

Navegantes por siempre

NAVEGANTES POR SIEMPRE
Sumergidos en un mundo ciego, tan inmenso como estrecho, llevan con ellos hasta el aire que respiran y sólo Dios sabe la emoción que sentirán en estos silenciosos viajes.
Hacer patria no es una frase vacía, ellos luchan sin armas, custodian la pampa sumergida que algún día terminará con el hambre de los argentinos.
Todo tiene sentido, el fierro viejo aún vive y se desplaza finamente si se lo sabe llevar, si se lo conoce y se lo repara aunque sea con lo que se tenga a mano, lo impensable es quedarse en tierra sabiendo que todo esto existe, que todo esto sucede.
El sonido de las ballenas, de los cardúmenes de merluzas y calamares, la rotación de las hélices de los pesqueros furtivos y las vibraciones de los motores de los barcos militares extranjeros que navegan en el mar argentino, todo es oído y catalogado desde abajo. 
Su misión: escuchar sin ser escuchados, detectar e informar, compartir y aprender, ocupar y proteger.
Una mañana de noviembre sucedió una anomalía hidroacústica consistente con una explosión, nadie sabe lo que esto significa pero a esta altura es claro que los 44 de alguna manera siguen navegando y escuchando no sólo los sonidos de mar sino también a la conciencia colectiva de los argentinos.
Seguramente escucharán los sueños de los buenos y las pesadillas de los corruptos que se quedaron con el dinero destinado al mantenimiento de la nave, escucharán las plegarias y los llantos de sus familiares, el chirrear de las roldanas de cada mástil del país poniendo nuestra bandera a media asta en su honor, sentirán las voces orgullosas de sus camaradas cuando los nombran, el tono respetuoso de las armadas del mundo cuando narran las hazañas de los argentinos de mar y el tono didáctico con que cada padre explica a sus hijos la importancia de lo que ustedes hacen y lo importante que ustedes son.
Pero también escucharán frases de desprecio de los ladrones que pusieron de rodillas a toda una generación de soldados que nada tuvieron que ver con los 70, estos sujetos hablan de defensa del pueblo pero le robaron todo, hasta su dignidad.
Pero ese ruido estridente no les interesará, si hasta me los imagino filtrando los ruidos de la superficie para poder seguir escuchando nuestro mar, su mar. 
La muerte y la vida, el sacrificio y la gloria, acá nadie murió en vano.  
Necesitamos más héroes, necesitamos más barcos, necesitamos seguir cuidando lo nuestro. 
Navegantes por siempre, Argentina navega con ustedes.
EC